La Sombra del Caudillo
Por: José Antonio Valdés Peña
La novela de la revolución mexicana marcaba una nueva etapa en la literatura nacional: se abría una visión crítica de un sangriento conflicto armado que terminara con una cruel dictadura para dar paso a un nuevo país. Autores como Rafael F. Muñóz, Mariano Azuela y Martín Luis Guzmán, intelectuales de clase media, ofrecen una imagen desencantada y pesimista de la lucha armada.
Con La Sombra del Caudillo, Martín Luis Guzmán da cuenta de las pugnas por el poder entre los militares revolucionarios: en la trama, situada en los años veinte, el general Aguirre se rebela contra la decisión del caudillo en el poder de imponer a su ministro de gobernación como candidato a la presidencia; la contienda toma carices violentos, el general sublevado decide lanzarse a la contienda electoral, y con el fin de prevenir una rebelión, Aguirre y sus partidarios son traicionados y asesinados por militares al pie de una carretera, sobreviviendo únicamente el diputado Axkaná, testigo de los hechos.

El escritor, que redactara su obra en 1929 durante su exilio en Madrid a causa de su inclinación vasconcelista -y que pudo regresar a México gracias a una amnistía extendida por el presidente Cárdenas-, daba otros nombres y rostros a personajes verídicos de la historia mexicana: el Caudillo era a todas luces Álvaro Obregón, el impuesto candidato era Plutarco Elías Calles, y el rebelde general Aguirre no era otro que el general Francisco Serrano, asesinado junto con otros de sus seguidores en Huitzilac (carretera de Cuernavaca) el 3 de octubre de 1927, y para hacer más compleja su historia, combinaba el asunto también con la rebelión de Adolfo de la Huerta.
Director de varios clásicos de la época de Oro del cine mexicano, como ¡Ay que tiempos, señor don Simón! (1941), Historia de un gran amor (1942), La virgen que forjó una patria (1942), Distinto amanecer (1943) y Rosenda (1948), nacido en Durango en 1909, y de una formación cultural e intelectual mucho mayor al de sus otros colegas cineastas, en el teatro y las letras, Julio Bracho proyectó la realización de La sombra del caudillo durante veinticinco años; hasta que en 1960 encuentra el apoyo del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica (STPC) y a colaboradores entusiasmados para llevar a cabo el proyecto, Martín Luis Guzmán incluido.
La producción fue en cooperativa, técnicos y actores aportaron parte de su salario para la realización del film, que alcanzó un costo de tres millones de pesos. Bracho dirigió con grandes bríos una sólida historia, que narraba los hechos de forma audaz, comprometida, haciendo suya la visión crítica de la historia que sustenta la obra literaria, además de contar con los actores más representativos del cine mexicano de la época, y una intervención (que existe sólo en algunas copias) del propio Martín Luis Guzmán a manera de prólogo.

El proyecto contaba con el visto bueno de la Dirección de Cinematografía, con el fotógrafo Gabriel Figueroa, figura de gran peso en el cine nacional, y hasta con el apoyo del presidente López Mateos, colega también en la lucha vasconcelista. Ese mismo año La sombra del caudillo es enviada al Festival de Cine de Karlovy-Vary en Checoslovaquia, donde su realizador recibe el premio a mejor dirección y Tito Junco el de mejor actuación masculina. El estreno en México se planeaba en grande, con publicidad por todas partes y en salas de primer nivel; la comunidad cinematográfica la calificó, unánimemente, como la mejor película nacional jamás realizada, y….
Un día antes del estreno, la copia desapareció. La Secretaría de la Defensa comunicaba que “la cinta denigraba a México y sus instituciones”, además de “ofrecer una visión falsa de la historia y del Ejército Mexicano”. Bracho trató por todos los medios posibles de conseguir el estreno de su cinta, pero nadie sabía donde estaba; el Secretario de Gobernación en ese entonces, Gustavo Díaz Ordaz, aseguró que “sólo necesitaba un poco de tiempo para arreglar el asunto”…
Los años y los funcionarios pasaron, y el film adquirió entonces su carácter de “maldito”, “prohibido” o, en el mejor de los casos, “perdido”. ¿De la copia? Nadie sabe, nadie supo. Bracho quedó moralmente destrozado, endeudado, artísticamente muerto, no pudo jamás recuperar el nivel de sus mejores películas. La Sombra del Caudillo comenzó a circular en copias clandestinas en video, mientras su director fallecía en 1978; la inversión nunca se recuperó. Cuando por fin se estrenó comercialmente, el 25 de octubre de 1990, por sólo una semana en el cine Gabriel Figueroa, y en una copia en 16 mm., era ya demasiado tarde. La que pudo ser la gran película de la peor década del cine mexicano, los sesenta, será siempre uno de los más repugnantes casos de la censura cinematográfica en la historia del cine mundial, que no sólo enlató una cinta, sino que también terminó con la vida artística de un gran realizador.

LA SOMBRA DEL CAUDILLO
Director: Julio Bracho; Guión: Julio Bracho y Jesús Cárdenas, sobre la novela homónima de Martín Luis Guzmán; Producción: Sección de Técnicos y Manuales del S.T.P.C. de la R.M., Rogelio González Chávez y José Rodríguez Granada; Fotografía: Agustín Jiménez; Música: Raúl Lavista; Edición: Jorge Bustos; Elenco: Tito Junco (Ignacio Aguirre), Tomás Perrín (Axkaná González), Carlos López Moctezuma (Emilio Olivier Fernández), Miguel Ángel Ferríz (caudillo), Ignacio López Tarso (Hilario Jiménez), Bárbara Gil (Rosario), Víctor Manuel Mendoza (Elizondo), José Elías Moreno (Catarino Ibáñez), Kitty de Hoyos (La Mora), Antonio Aguilar (Jáuregui), Roberto Cañedo (presidente de la Cámara de Diputados).
México, 1960.
Participaciones: Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary 1960 (Premio a meor director y mejor actuación masculina)
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