El despertar del Diablo (The Evil Dead)
Por Montgomery Guillaume Frankenheimer van der Beck
Si fuera necesario establecer tres películas de terror moderno como las cimientes de una perversa Trinidad del cine sanguinolento, comenzaríamos citando La noche de los muertos vivientes (The Night of the Living Dead) de 1968. Continuaríamos con Masacre en cadena (The Texas Chainsaw Massacre) de 1974, y necesariamente deberíamos finalizar con toda una epopeya de carne y sangre derramada realizada a un ritmo frenético: El despertar del Diablo (The Evil Dead), película dirigida en 1982 por un joven demente llamado Sam Raimi.
Veinte años antes de dirigir la esperada adaptación del Spiderman de Stan Lee, Raimi juntaba unos cuantos dólares y a un grupo de amigos para filmar su opera prima, película insignia del cine gore contemporáneo que indudablemente ha marcado tendencias a seguir a partir de su estreno. Pero como todo buen goremaníaco: vámonos por partes.
Sammuel Raimi nace un 23 de octubre de 1959 en el pequeño poblado de Franklin, Michigan en el seno de una familia económicamente acomodada. Hijo de un cinéfilo de corazón, desde niño le fue inculcado el amor y la fascinación por el séptimo arte, tanto, que a los doce años Sam ya había adquirido una cámara de video, y con un grupo de amigos copiaba las escenas de sus películas favoritas, principalmente comedias. Esos ejercicios continuaron siendo su pasión durante varios años, pero por consejo de su padre decide estudiar la carrera de Historia en la Universidad de Michigan.

Sam Raimi, Fake Bruce y Bruce Campbell
En los pasillos escolares se da cuenta que hay más gente interesada en el cine de lo que pensaba y rápidamente se une a ellos, conociendo a Robert Tapert y a un estudiante de arte dramático de nombre Bruce Campbell. Amigos inseparables desde ese momento, los tres fundan la Michigan University Society of Creative Filmmaking, conocida simplemente como MSUSCF, que se encargaría de reclutar los talentos perdidos por el campus para la realización de cortometrajes, llegando a realizar más de treinta, en su mayoría disparatadas comedias ácidas.
Curtidos lo suficiente con esos cortometrajes amateurs, la tripleta decide iniciar la aventura de un largometraje -Sam como director, Robert como productor y Bruce en calidad de actor-, preparando el proyecto titulado The Book of the Dead. Para sorpresa de todos sus allegados, éste no era una de sus acostumbradas comedias, sino un filme de terror hipersangriento. Con el guión listo y para comenzar a moverlo en busca de financiamiento, producen el cortometraje Within the Woods, que resume en treinta minutos el contenido de la historia, con tan buenos resultados que consiguen el apoyo de algunos inversores privados y de la Comisión Estatal de Cine de Tennessee. Con todas las aportaciones, la escolar MSUSCF crece para convertirse en la productora Renaissance Pictures. En 1980 inicia la filmación de su opera prima en una cabaña perdida en medio de los desolados bosques de Tennessee.
Ash y Scott junto con sus respectivas novias Linda y Shelly, además de Cheryl, una amiga en común, se dirigen a pasar el fin de semana en una cabaña que alquilaron en medio del bosque. Al llegar se dan cuenta que está en condiciones deplorables, un tanto desanimados la inspeccionan y deciden quedarse. En el ambiente se siente que algo flota amenazadoramente. Cheryl dibuja un reloj de pared que esta en la cabaña, pero repentinamente el péndulo se detiene, al tiempo que su mano parece cobrar vida propia, y poseída, dibuja un libro con un siniestro rostro en la cubierta.

Más tarde, mientras cenan, la puerta del sótano se abre violentamente. Ash y Scott bajan a investigar y encuentran una cinta de audio y un extraño libro. La grabación advierte que se trata del Naturam Demontum, o libro de los muertos, donde se encuentran escritas las frases que, recitadas correctamente, traerán a este mundo a los demonios de Kandor. La frase es repetida por la voz de la cinta y los vidrios de la ventana estallan en pedazos.
Los demonios andan sueltos, y no por obra de los conjuros del libro maldito, sino por virtud de Sam Raimi, quien haciendo alarde de su innata técnica cinematográfica, logra que un ritmo arrebatado se apodere de la historia, posesionándose no sólo de sus personajes, sino también del espectador, pues en todo momento, y gracias a la adecuada utilización de la cámara subjetiva y una imparable steady cam, podemos observar la película siempre desde el punto de vista del mal intangible que se cierne por todo el lugar. El director logra con sus rápidos movimientos de cámara y la planificación de los encuadres, en su mayoría de descripción ambiental -travellings, dollys y planos abiertos-, que la presencia maligna nunca se sitúe estática, o frontal a sus víctimas, sino que siempre se mantenga móvil por encima y alrededor de ellas.
Baste observar el arranque de la cinta: un plano secuencia subjetivo que se pasea vertiginosamente casi al ras del suelo girando de un lado a otro e incluso sobre su propio eje hasta salir por encima de la carretera donde viajan los chicos en auto. Desde el principio Raimi refleja el mal de manera etérea, intocable, preternatural. Pero si técnicamente logra presentarlo amenazador, con la puesta en escena lo torna salvajemente sanguinario.

Después del incidente de la ventana, Cheryl, la más ecuánime del grupo, escucha voces que la invitan a pasear por el bosque. Al adentrarse en él, los árboles cobran vida atrapándola. Las ramas la arrojan al suelo, le rasgan la ropa y la violan de manera salvaje. Logrando escapar hasta la cabaña, le pide a Ash que la lleve al pueblo. Cuando llegan en el auto al puente que los sacará del bosque, éste ha sido destrozado. Están atrapados sin remedio.
Cheryl es la primera en ser poseída -con toda la acepción sexual que implica- por los demonios kandarianos del bosque, transformándose en un ser espeluznante al que deben encerrar en el sótano -escena que serviría como la imagen publicitaria del filme- pero no sin antes atacar a Linda, por lo que la maldición se propagará entre los jóvenes. Sólo existe una manera de acabar con los demonios: descuartizarlos con toda saña.
El despertar del Diablo se convierte en un festín gore que realmente tiñe la pantalla de sangre, pues en el paroxismo total, Raimi no hace concesiones y vira la fotografía a rojo justo en el momento en que Ash y Scott desmembran a una de las chicas ya poseídas. Finalmente el único en sobrevivir es Ash, quien durante toda la noche ha luchado, incluso contra su novia, confundiendo sus sentimientos al tener que acabar con ella. Aun en medio de la locura, Raimi parece dar una gota de paz al atormentado Ash -su eterno comparsa Bruce Campbell- quien en un acto último de amor entierra el cuerpo de Linda. Nada más alejado de la verdad, aquí no hay descanso. Ella saldrá de su tumba para poseerlo, y Ash en un reflejo de supervivencia la decapita con un golpe de pala. A su amor se lo llevó el demonio, literalmente.

El vértigo de la cinta no se detiene en ningún momento, y si de repente se incluye una escena de reposo es sólo para acrecentar la acción conduciéndola a un término desolador, aunque lógico. Finalmente la noche ha terminado y Ash logra salir al bosque. El sol comienza a brillar en un nuevo día que no logrará disfrutar. Una presencia maligna se desliza por el bosque -en plano secuencia subjetivo de la misma forma que al inicio- y se abalanza bestialmente sobre él.
Raimi a sido capaz de dotar al mal imperceptible de una personalidad propia y además le da el peso especifico de la cinta más allá de la presencia física de los monstruos kandarianos que atacan a Ash. Éstos son sólo las marionetas que el director se divierte en destrozar. El verdadero maligno surge de la propia cámara, de su punto de vista, el mismo que el espectador percibe en todo momento.
La producción necesitó de tres meses de rodaje para la mayoría de las secuencias, pero para alcanzar los resultados que Raimi quería en los efectos especiales de los demonios -desarrollo, descomposición, ataques- se necesitó de nueve meses más de filmación. La película estuvo lista hasta 1982, con el título definitivo de The Evil Dead: The Ultimate Experience in Grueling Horror, y sería estrenada con la clasificación X, más por la violencia explícita que por el contenido de terror, que a momentos da paso a un tono fársico y festivo -que se incrementaría a raudales en la secuela-remake Evil Dead 2-.

Con El despertar del Diablo el cine gore se establece como ejercicio lúdico para los jóvenes amantes de los clásicos de terror de serie B. Las lecturas políticas o sociales que se querían ver en estos filmes en décadas anteriores fueron dejadas de lado de un sólo manotazo. Los niños espectadores habían crecido para convertirse en creadores, ahora era su turno de filmar lo que siempre quisieron ver en la pantalla sin ningún tipo de mojigatería, pero que directores de pasadas generaciones siempre les escatimaron. Sam Raimi supo hacer del descaro y el humor ácido la mayor de sus virtudes.
EL DESPERTAR DEL DIABLO
(The Evil Dead)
Dirección y Guión: Sam Raimi; Producción: Robert Tapert; Fotografía: Tim Philo; Música: Joe Loduca; Edición: Edna Ruth Paul y Joel Coen; Efectos Especiales: Tom Sullivan, Bart Pierce y Sam Raimi; Con: Bruce Campbell (Ash), Ellen Sandweiss (Cheryl), Hal Dalrich (Scott), Betsy Baker (Linda), Sarah York (Shelly).
Estados Unidos, 1982 - 85 min.
Participaciones: Festival Internacional de Cine de Cataluña, Sitges, 1982 (Premio Clavel de Plata por Mejores Efectos Especiales y Premio de la Crítica del Jurado Internacional.)

pongan la peli para verla de nuevo esta muy
impactante aparte de que si da miedo no como otras..
nononono este clasico es lo mejor