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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

El Desalmado

Lo que sea de cada quien, el inicio de El Desalmado es muy bueno. Sobre Lázaro Cárdenas, casi enfrente de Bellas Artes, Enrique Vidal (David Silva) se acerca a un banco sin percatarse que es seguido de cerca por dos hombres. Visiblemente nervioso, Vidal se detiene un momento para fumar un cigarrillo antes de entrar a la sucursal. Una vez dentro, trata de cobrar una fuerte cantidad de dinero cuando se da cuenta de que los agentes que le siguen los pasos están a punto de echarle el guante con ayuda del policía encargado de vigilar el lugar. Antes de que los guardianes del orden puedan aprehenderlo, Vidal los enfrenta a balazos tras escudarse con un cliente del banco que toma como rehén. En la refriega mueren los agentes y el policía mientras que Vidal logra huir en un taxi.

Inmediatamente después de esta escena, bien filmada y editada, viene una de las partes más ridículas de la película, cuando se ve al comandante de la policía (Crox Alvarado) instruyendo a un grupo de futuros detectives. Con este fin, el comandante hace que sus alumnos se pongan de pie y reciten al unísono, como niños de primaria, que su labor es similar a la de un sacerdote que brinda consuelo a su grey o como la de un médico que combate al virus del crimen que aqueja a la sociedad. El efecto cómico es todavía más pronunciado porque los señores que hacen el papel de alumnos son policías de verdad y no actores de cuadro, y la mayoría no logra disimular la incomodidad que les produce la cámara. Más que cazadores de criminales parecen conejos lampareados.

Este contraste entre escenas de acción bien logradas y diálogos de auténtico humor involuntario se deben a que el guión de El Desalmado fue escrito con la colaboración del mayor Ernesto Rosas, que en la vida real fue el oficial encargado de supervisar la captura del asesino y falsificador que sirvió de modelo para contar la historia de Enrique Vidal. Era de esperarse que el mayor no dejaría pasar la oportunidad de alabar el trabajo de la corporación de la que formaba parte, poniendo en boca de Crox Alvarado una serie de interminables discursos en los que quedaba bien claro que nadie podía escapar a la justicia, que es inexorable, omnipresente e infalible.

Según los cronistas de la época, el público que asistió a los cines a ver El Desalmado se moría de la risa con estos sermones, lo que sirve para explicar por qué el cine policiaco mexicano tuvo que esperar varias décadas para convertirse en un género popular. Durante las décadas de los 40 y 50 la censura hacía casi imposible filmar una historia ubicada en los bajos fondos sin caer en la caricatura.

Por otra parte, los críticos y el público notaron de inmediato la similitud entre la película de Chano Urueta y las cintas de gangsters dirigidas por el genial Raoul Walsh. Al igual que en The Roaring Twenties y White Heat, ambas estelarizadas por James Cagney, El Desalmado narra la vida de un criminal legendario, desde sus inicios hasta su muerte a manos de la policía. A diferencia de la obra de Walsh, que siempre incluía elementos de crítica social y personajes complejos, la cinta mexicana no contiene un solo parlamento sobre las condiciones sociales que orillan a Vidal a delinquir y los protagonistas son de una simpleza tan pueril como las peroratas del comandante, que se repiten a lo largo de la hora y media que dura la película.

Para empezar, Enrique Vidal es un personaje demasiado esquemático para resultar creíble. Aunque a lo largo de la cinta repite varias veces que está harto de ser un pobre diablo y que se considera lo bastante inteligente para burlar la acción de la justicia lo que se ve en pantalla es algo muy diferente. La verdad es que al pobre Vidal nada le sale bien. Según el relato que Crox Alvarado brinda a sus subalternos (y al público), Enrique Vidal ingresó a una empresa ferrocarrilera a los 14 años y a los 25, después de tan sólo nueve años de sobarse el lomo, ya era el encargado de cobrar las facturas. Con la intención de darle una vida mejor a su madrecita (but of course) y de sacar del sucio ambiente del cabaret a una bataclana apodada La Jarochita (Lilia Prado), Vidal se apropia de 40 mil pesos, una verdadera fortuna en aquellos años, y en menos que te lo cuento se convierte en huésped de honor de Lecumberri. El resto de la película narra su escape de la cárcel, su relación laboral con un falsificador conocido como Dedos de Seda (Fernando Casanova), su incursión en el lucrativo negocio de asaltar bancos y, por supuesto, su fatídico enfrentamiento con el comandante de la policía. Todo está pensado para presentar a Vidal como una amenaza para la sociedad, sin el menor esfuerzo por demostrar que para muchos como él la única forma de movilidad social es el hampa.

El resto de los personajes tampoco sale muy bien librado. Las damas, tanto la madre de Vidal como La Jarochita, se limitan a competir en abnegación para que no quede duda que una mujer es incapaz de salir adelante sin la protección de un macho mexicano, aunque se dedique a robar bancos. Según la película, es preferible que una mujer se muera de hambre antes que revolcarse en el fango del cabaret. Curiosamente, para ilustrar esta tesis se incluyen escenas donde se ve a La Jarochita en diversos números musicales y la verdad es que el ambiente no parece tan sórdido como los realizadores quisieran hacernos creer. Los productores tampoco se podían dar el lujo de contratar a Lilia Prado para que saliera mal maquillada o vestida con harapos en sus bailables. De hecho, en el primer número musical La Jarochita acaba zapateando encima de un lujoso piano de cola, algo que seguramente le pondrá los pelos de punta a los pianistas que vean la película.

A los que sigan creyendo que todo lo filmado en México en la Época de Oro es extraordinario y muy superior a cualquier cosa que se haya hecho después, les recomiendo echarle un vistazo a El Desalmado para que salgan de su error.

EL DESALMADO
Director: Chano Urueta; Guión: Alfonso Lapena y Ernesto Rosas; Fotografía: Agustín Jiménez; Música: Jorge Pérez H.; Edición: José W. Bustos; Elenco: David Silva (Enrique Vidal), Lilia Prado (Aurora Cervantes La Jarochita), Crox Alvarado (comandante de policía), Dalia Iñiguez (madre de Vidal), Fernando Casanova (Dedos de Seda).
México, 1950.

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2 Comments

  1. Completamente de acuerdo. Creo que en sí, la mayoría de las películas mexicanas de la Época de Oro eran muy malas. Las primeras al menos tuvieron la ventaja universal de ser originales, pero poco a poco, a partir de 1950 los argumentos empiezan a degradarse, a ser repetitivos como el caso de las rumberas, la exaltación de los charros machos, los melodramas donde proliferan las mujeres abnegadas y las rumberas como espejo de la perdición. Ahora que esto ha sido igual para todo el mundo; he visto películas francesas o italianas totalmente carentes de originalidad, bastante frívolas, es decir, gringoides; en Hollywood en general se sigue produciendo la misma mierda que en los cincuentas (excepción notable es Ciudadano Kane). La Época de Oro del cine mexicano podría decirse consistió en que hubo un auge económico en el país que permitió que en 1950 se realizaran más de 129 películas, antes de que en esos años la devaluación y la televisión (la cual abomino, especialmente la comercial) la dañaran para siempre. Sin embargo, las mejores cintas corrieron a cargo indudablemente de Luis Buñuel, con quien justamente Lilia Prado (la Jarochita) trabajó en tres ocasiones.

    Saludos.

  2. Una pequeña nota trivial: casi al final de la película, cuando tienen acorralado a David Silva en la casa que ocupaba con su familia y ahora sola, se ve que los agentes de la ley le disparan con unas ametralladoras Thompson . Pude distinguir que brevísimamente aparecen el director Chano Urueta y el productor Pedro Galindo, disparando ellos mismos sendas cóconas!
    Al merito estilo Hitchcock!!

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