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Confesiones de una Mente Peligrosa

Por Marco González Ambriz

Algunas luminarias de Hollywood llevan una doble vida. Las mismas estrellas que aparecen en producciones comerciales también se toman un tiempito para hacer cosas que son más interesantes y que representan para ellos un reto como actores o que les permiten trabajar detrás de cámaras. Tenemos por ejemplo el caso de Drew Barrymore, que cuando no está perpetrando churrazos al lado de Cameron Diaz y Lucy Liu se dedica a producir cintas tan interesantes como Donnie Darko.

Otro ejemplo de esto es George Clooney, el famoso galán que después de alcanzar la fama en la tele, con E.R., ha hecho películas comerciales como Batman y Robin (Joel Schumacher, 1997) o The Perfect Storm (Wolfgang Petersen, 2000), pero también ha participado en proyectos más personales y arriesgados como el remake de Solaris (Soderbergh, 2002) o el musical de los hermanos Coen, O Brother Where Art Thou? (2000).

Ahora Clooney incursiona en el terreno de la dirección, debutando con esta adaptación de la “autobiografía no autorizada” de Chuck Barris, productor de programas de concurso de la tele gringa como The Dating Game, The Gong Show o The Newlywed Game. Según dicha autobiografía Barris también llevaba una doble vida como asesino a sueldo de la CIA. ¿Qué mejor para que Clooney refleje su propia doble vida como galán hollywodense y como artista con aspiraciones a ser algo más que parte del decorado?

El actor ha cuidado de dejar claro que en realidad él se interesó por el libreto y que pensó en dirigirlo cuando quedó claro que los estudios no financiarían el proyecto si éste no contaba con estrellas reconocidas. Clooney no sólo se encargó de la realización sino que reclutó a varios de sus amigos actores para hacer la película un tanto más comercial y que así quedara al gusto de las distribuidoras.

Podría pensarse que Confesiones de una Mente Peligrosa no tiene mucho interés para el público que la vea fuera de Estados Unidos, donde incluso el recuerdo de Chuck Barris ya comienza a desvanecerse. Sin embargo, el guión de Charlie Kaufman, el mismo que recientemente ganara el Oscar por su labor en la sobrevalorada El Ladrón de Orquídeas (Adaptation, Spike Jonze, 2002), le permite a Clooney presentar una obra mucho más arriesgada de lo que cabría esperar.

La película inicia con Barris (un excelente Sam Rockwell) recluido por decisión propia en un hotelucho de Nueva York, sumido en una depresión de la que no logran sacarlo los ruegos de su eterna prometida Penny (una menos afortunada Drew Barrymore). La televisión, omnipresente a lo largo de la película, transmite la toma de posesión del cowboy vuelto presidente (¿o era al revés?) Ronald Reagan y en medio de su desesperación Barris decide redactar su autobiografía como un acto de contrición que le permita retomar el control de su vida.

De 1980 regresamos a lo que Barris considera el momento que definió su vida: a los ocho años se empeñó en que una amiguita de su hermana le hiciera sexo oral, con el pretexto de que su pene tenía sabor a frambuesa. Así inicia una red de mentiras y verdades a medias de las que Barris se servirá a lo largo de toda su vida para satisfacer sus bajos instintos, en vista de que es poco agraciado físicamente.

Una constante entre Chuck Barris en Confesiones de una Mente Peligrosa y el propio Charlie Kaufman, quien era el personaje principal en Adaptation, es que la búsqueda de compañía femenina se ve acompañada por una búsqueda constante por ser “alguien”. Como dice Barris al inicio de la cinta: “cuando eres joven tu potencial es infinito, puedes hacer cualquier cosa, más adelante llegas a una edad en la que lo que pudiste ser se transforma en lo que has sido: es un mal momento”.

A continuación se detalla la carrera de Barris en el mundo de la televisión, donde comenzó desempeñando trabajos de poca importancia en las cadenas NBC y ABC y proponiendo diversas ideas que fueron descartadas por los directivos. También conoce a la que será el amor de su vida, Penny Pacino, con la que se entiende a las mil maravillas por el desinterés que ambos manifiestan en tener una relación normal, donde deban ser fieles y cumplir todos los rituales del noviazgo.

A los 32 años, Chuck Barris es un fracasado. Todos sus esfuerzos por establecerse como productor han sido en vano, y su primer intento por producir The Dating Game es un fracaso cuando los concursantes recurren a las frases de doble sentido y a preguntas sugerentes. Por supuesto que los ejecutivos de la televisora consideran esto inaceptable, por lo que el proyecto permanece en el limbo durante varios años más.

Es entonces cuando el misterioso Jim Byrd (un sobrio George Clooney) se acerca a Barris y le propone que ingrese a una institución del gobierno encargada de “seguridad diplomática”. Se trata, por supuesto, de la CIA y si hemos de creer a Barris poco después fue llevado a un campo de entrenamiento donde se le enseñó a matar. Como productor de televisión, tenía la facilidad para viajar por el mundo, lo que le permitía llevar a cabo sus misiones de asesinato.

Para narrar todo esto Kaufman recurre a una narración ágil con un juego de espejos muy similar al de Adaptation. La acción oscila entre el mundo del espionaje y el de la televisión y en ocasiones las diferentes realidades se superponen en un mismo plano, de manera que el espectador nunca sabe si lo que está viendo corresponde a la verdad o si se trata sólo de las fantasías de Barris.

Confesiones de una Mente Peligrosa reconoce al absurdo de que un productor de televisión, por demás enclenque, fuese al mismo tiempo un despiadado asesino de la CIA por lo que, sin rechazar la versión de Barris, se incluyen varias escenas de humor -muchas veces negro- detallando los sinsabores de la doble carrera de Barris como productor y como espía.

Esto no quiere decir que se caiga en el humor de espías a lo Austin Powers. Las secuencias de espionaje están filmadas con toda la seriedad que el tema amerita, y la sensación de peligro, de que cualquiera puede ser traicionado, está bien lograda. En este aspecto de la película el trabajo actoral es desigual. Por un parte Rutger Hauer está muy bien interpretando a un agente alemán que filosofa alrededor de la vida que lleva como asesino, diciendo que lo hace por la satisfacción que le da su trabajo, sin igual a la de cualquier otro. Menos afortunada es la participación de Julia Roberts como la agente Patricia Watson. La Roberts siempre me ha parecido una actriz menos que mediocre y su interpretación en este caso es lo más prescindible de la película.

Por último, cabe señalar la banda sonora de la película, que mantiene este tono entre juguetón y perverso, alternando entre el easy listening (“Mucha Muchacha” de Esquivel, “Gopher Mambo” de Yma Sumac) con la música original de Alex Wurman con tendencias al cool jazz, incluyendo por supuesto “Palisades Park”, el éxito sesentero interpretado por Freddy “Boom Boom” Cannon y compuesto por -¿quién más?- Chuck Barris.

CONFESIONES DE UNA MENTE PELIGROSA
(Confessions of a Dangerous Mind)
Dirección: George Clooney; Guión: Charlie Kaufman, basado en la “autobiografía no autorizada” de Chuck Barris; Producción: Steven Soderbergh, Rand Ravich, Bob Weinstein, Harvey Weinstein, Jon Gordon, Stephen Evans; Fotografía: Newton Thomas Sigel; Música: Alex Wurman; Edición: Stephen Mirrione; Con: Sam Rockwell (Chuck Barris), Drew Barrymore (Penny Pacino), George Clooney (Jim Byrd), Julia Roberts (Patricia Watson), Rutger Hauer (Keeler), Maggie Gyllenhaal (Debbie), Robert John Burke (Jenks).
Estados Unidos – Alemania – Reino Unido, 2002, 113 min.

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